Maestros

Maestros

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Reportaje al Director del Museo del Dibujo y la Ilustración en la revista El Arca

A pesar de que no es mi idea realizar entradas con material de otros sitios, a veces, casi ocultos, aparecen textos de interés que vale la pena reproducir. En este caso, se trata de un reportaje a Hugo Maradei, presidente del Museo del Dibujo y la Ilustración. Esta entidad, poseedora de una gran colección de originales, ya lleva realizadas varias muestras, entre ellas "Bicentenario, 200 años de Humor Gráfico" (clickear en la primera de las etiquetas, abajo). También ha homenajeado a Ferro, Lino Palacio, Divito y a la revista Patoruzu. En este blog, a la izquierda, encontrarán el link.
Por último, la nota fue tomada de la revista El Arca (http://www.elarcaimpresa.com.ar/) números 63/64. Allí se pueden también leer reportajes a Caloi, Sendra, Rep, Mordillo y algunas notas sobre nuestra historieta, además de muchos otros y variados temas.

HUGO MARADEI, FUNDADOR DEL MUSEO DEL DIBUJO Y LA ILUSTRACIÓN
El reino de papel
Ana Larravide*


Rodeado de cosas buenas para ser miradas, Maradei tiene una redonda cara
de cordial bodeguero o de rey bondadoso. Borges imaginaba el paraíso
bajo la forma de una biblioteca; él lo imaginó formado por preciosos dibujos,
y lo concretó: ha reunido ocho mil dibujos y grabados. Su paraíso es ambulante: lo lleva de norte a sur por la república para “enseñar a mirar”. El Museo del dibujo y la ilustración se instala ocho veces al año en sitios diferentes.
Catálogos, libros de artistas, carpetas de dibujos esperan como barcos en puerto el día de partir, en viajes de un par de meses, aquí o allá. El museo del dibujo, mientras no está expuesto en un lado o en otro, tiene apariencia de hogar. En ese hogar Maradei cuenta que –en coincidencia con el buen año del Búfalo en que él nació, 1949– hubo en la Argentina un movimiento importantísimo de arte, en la universidad de Tucumán. Lo lideró Lino Spilimbergo que hizo un proyecto: él enseñaría pintura, Pompeyo Audivert, grabado y Lorenzo Domínguez, escultura. Y se le ocurrió nada menos que invitar a Picasso.


—Atreverse a proponerle a Picasso que diera clases en Tucumán, ¡fijate lo que era la Argentina en ese año 49! Picasso –que por esa fecha estaría lo más entretenido dibujando faunos en Antibes– dijo que no vendría pero recomendó a un dibujante húngaro, Laszlo Salay. (Esa carta de Picasso fue expuesta años después en una muestra del tucumano Aurelio Salas). Así que el húngaro vino para trabajar de profesor y estuvo acá unos cuantos años: modificó la técnica del dibujo y creó la historia de toda una escuela. Sus enseñanzas, a través de Spilimbergo, formaron a ese dibujante mayor que es Carlos Alonso (¡que tiene mucho más de Salay que de Spilimbergo!) En el 2004 hubo una muestra de tarjetas del Quijote, en el museo Sívori, dibujadas por Alonso. Para mí, su trabajo cumbre. Los originales –considerados a la altura de los de Gustavo Doré y Picasso– si no me equivoco son de la Fundación Jacobo Fiterman.

—Es impresionante la cantidad de publicaciones argentinas hechas por dibujantes.

—¡Sí! Hemos podido hacer 40 muestras en cinco años, veinte en Buenos Aires y veinte en todo el país. Ahora, en el Sívori, desde el 21 de noviembre hasta febrero haremos la “Muestra Bicentenario: 200 años de humor gráfico, desde 1810”. Con originales de Henri Stein, Eduardo Sojo, José María Cao, Dante Quinterno, Molina Campos, Roux, Divito, Quino, Breccia, Hugo Pratt, Caloi, Kalondi, Fontanarrosa... Entre los dibujos más antiguos estarán los de Bacle...

—¡Tan graciosas, esas mujeres con sus peinetones de dos metros, que dejaban tuertos a quienes se les cruzaban!

—César Hipólito Bacle hizo una serie de trajes y costumbres de Buenos Aires. Después, otra con seis láminas, todas en situaciones cómicas con esos peinetones.

—El Museo del dibujo incluye a pintores…

—Sí, tenemos un área de plástica: originales de Raúl Soldi, Antonio Berni, Líbero Badii, Luis Seoane, Raúl Carpani, Ennio Iommi, Alonso, Quinquela Martín, Luis Scafatti... grabados de Spilimbergo, de Pompeyo Audivert, Frans Masereel, Clément Moreau...

—¿Llamar caricaturistas o humoristas a grandes dibujantes, los disminuye?

—Para nada. Lo que pasa es que aquí hay que revalorizar como arte la caricatura o el dibujo satírico. El año pasado nos invitaron a una muestra en el Centro Nacional de la Imagen de Francia, sobre historietas... Fui y quedé fascinado por su amor a lo que llaman bande dessinée o Neuvieme-art y está considerado como muy importante: alguien que allá se precie de persona culta tiene en su biblioteca un sector dedicado a la historieta.
La historieta, su esquema, tiene mucho que ver con el cine: son los cuadros del cine. De hecho hay buenos ejemplos que fusionan esto, como Las trillizas de Belleville (el tema es la vuelta ciclista, en Francia) o Los trescientos.
El dibujo suele ser relato de una situación, la historieta... completa esa posibilidad. Los “cuadritos” son algo cautivante que ha tentado siempre a grandes dibujantes y pintores.

—En Uruguay, Rafael Barradas hizo preciosas historietas para niños. Y dibujó así un juicio penal verdadero... dibujó cuadro por cuadro todo el caso.

—Sí, es una forma de expresión interesantísima. A mí me llamó la atención, en esa muestra francesa, su magnitud: era la mitad de la feria del libro de Buenos Aires, solamente dedicada a eso. Ellos editan 6.000 títulos anuales en formato de historieta, tanto seria como de humor. Bueno, para colmo, al visitar el Louvre encuentro en su librería todo un sector dedicado a este tema y otro muy grande dedicado al dibujo satírico del siglo XIX. ¡No sabés todo lo que hay allí! He traído material sobre el dibujo satírico del siglo XIX en Francia y una colección de revistas donde trabajó Daumier, fundamentalmente caricaturas. Casi todos los grandes artistas fueron ilustradores: inclusive te diría que muchos vivían de la ilustración. Pintaban... pero el medio de ganarse la vida al cual tenían acceso más fácilmente era ése: avisos, portadas...

—Incluso creaban técnicas adecuadas, como Toulouse-Lautrec: sus afiches, con colores planos para imprimir uno por vez...

—¡Claro! Ahora el mundo ha cambiado y la televisión se ocupa de difundir productos. Pero hasta hace muy poco la publicidad gráfica era el medio por excelencia. Daba trabajo a mucha gente.

—En Montevideo hubo unos famosos catálogos (para compras por correo): los catálogos del London París: con vestidos, herramientas, juguetes ¡todo dibujado! Me gustaba copiarlos o pintarlos.

—Con ilustraciones de cuentos nacimos, nos criamos con historietas... ¡es algo que a todos nos gusta! lo llevamos en nuestro interior, en nuestro corazón. Por eso cada vez que hacemos una muestra tenemos llegada a toda la gente, porque recuerdan los momentos de la infancia o de la adolescencia. A mí me gustaban los libros de la colección Robin Hood... los dibujos de Harold Foster del Príncipe Valiente... De ésos no hubo originales aquí, en Buenos Aires: mandaban las películas, para imprimir.

—¡Qué minuciosidad en esos dibujos! ¡Lo mismo Hergé! en Las aventuras de Tintin: si aparecía un jarrón chino ¡era un jarrón Ming, perfectamente estudiado!... o el dibujo de una alfombra persa o lo que fuera: todo, perfecto. Especialmente notable era que todos los cuadritos de una misma página entonaban entre sí, ¡como si toda la página formara un solo dibujo! Josette Baujot era la colorista de Hergé.

—Los dibujos son parte de nuestra historia cultural. Por suerte ahora se les está dando un poco más de bolilla a estos temas, los temas gráficos. Eso nos enorgullece. Hemos entusiasmado a otra gente... En el interior, que no tienen tanto material, lo aprecian muchísimo.
Ponemos especial cuidado en que puedan ver trazos, estilos, y también nos interesa mantener visibles los detalles para imprenta, las correcciones...

—A veces hablás en plural, como el Papa ¿por qué?

—¡Porque todo esto no lo hago solo! Otras personas aportan entusiasmo, esfuerzo y me ayudan: Elsa de Oesterheld, Juan Sasturain, Guillermo Roux, mucha gente muy amable. También mi amigo Andrés Cascioli, hasta hace poco... Hará unos diez o doce años que empecé a coleccionar fuertemente. Un día, en el 2004, vino a casa a ver historietas un amigo de un amigo. Resultó ser Horacio González, que por entonces era vicedirector de la Biblioteca Nacional, y el mismo día en que lo conocí dice: La verdad que con esto tendrías que hacer una muestra!... Sí, sería interesantísimo...
Bueno ¿por qué no la preparás? Me puse a pensar unos días y se me ocurrió empezar por Caras y Caretas, de la cual tenía alrededor de cien originales directos o de gente que había actuado allí –de 1898 a 1940– que fueron prácticamente todos los plásticos argentinos de esa época. Hicimos esa exposición en octubre de 2004. Seis o siete meses después Caras y Caretas revivió. Ya la tendrían en mente, pero... lo estimulamos. La publicación actual tiene un defecto, me parece: la revista satírica tiene que ser contra el poder, cualquier poder que sea; y ésta es... pro-poder. Ya pasó en otra época con la revista Caras y Caretas durante la presidencia de Perón, alrededor del 50: la rehabilitó pero... para usarla como medio de propaganda, dos o tres años. ¡El dibujo satírico tiene que ser mordaz y contra el poder! si no, no tiene ningún sentido: no puede servir para hacer loas.
Fijate que ironizaban sobre gobiernos mucho más poderosos que los actuales. Si yo te muestro este dibujo, de una muestra que hicimos en el Borges hace unos años... ¡es Roca! ¡Roca estaba en pleno uso del poder! y ¡si tendría poder! Sin embargo, lo han dibujado en medio de terribles alusiones: su cuñado Juárez Celman, muerto políticamente... la Constitución atravesada... sables... En comparación, qué poco tendría que molestarse nuestra Presidente, ante un dibujo de Sábat.

—Menchi usa recursos plásticos porque le son útiles como formas: alas, leones, vaquitas... Tiene una caja de sellitos de goma, que usa como manchas oportunas, aquí o allá. Le importa resolver un buen dibujo, una buena forma con manchas y líneas, texturas. Usa –como invento propio, creo– Lord Cheseline en la acuarela: para que el color mantenga transparencia y al mismo tiempo espesor de pintura al óleo, ¡que se note la pincelada! Vive inventando trazos, texturas que den como resultado estupendos dibujos. La mordacidad, en él es un plus; lo fundamental es que sus dibujos son extraordinarios.

—Sábat ha colaborado mucho con nosotros. Su abuelo, que se llamaba Hermenegildo como él, empezó dibujando en Caras y Caretas. En su familia se da el interesante caso de que en cuatro generaciones haya tres dibujantes de alto nivel internacional: él, su abuelo y su hijo, Alfredo.
Con Menchi comparto la admiración por un expresionista alemán: Frans Masereel.
En cuanto a los argentinos, al firmar el contrato con el Sívori por la Muestra del bicentenario, me preguntaron qué tengo pensado para el año siguiente. Me pareció oportuno proponer una muestra de ilustraciones argentinas, de libros que nosotros tenemos. Mirá los nombres... Castagnino, con su visión de Martín Fierro, que es una imagen nuestra tan fuerte...

—¿Cuál es tu preferido?

—Si tuviera que elegir uno, realmente, diría que Carlos Alonso es el que más me llega... su línea, la sensibilidad de su trazo. También me gusta mucho –y tenemos de él una colección muy importante– quien fue el padre de los caricaturistas: José María Cao, un gallego que sabía muchos oficios (maestro, escultor...) En 1886 llegó a Buenos Aires y al principio hacía caricaturas por la calle, por Paseo Colón, para vivir. Después trabajó en Don Quijote, con otro español, Eduardo Sojo. Y junto con Álvarez fundó la revista Caras y Caretas en 1898, y en 1912 hizo Fray Mocho. Sus “Caricaturas Contemporáneas” tuvieron fama internacional. Cuando fue el Centenario de la Independencia él hizo en la revista El Hogar una recopilación de La caricatura en la Argentina, a mediados de 1916... ¿Cómo parar de hablar de Cao?... fue el dibujante principal de Caras y Caretas. Pudimos exponer su obra, hace un par de años, por todo el país. Era la colección de su nieta. Mostramos trescientas obras. Tenemos previsto para este fin de año, llevarla a Galicia, invitados por la Xunta.
Por su lado, Eduardo Sojo era otro español; firmaba Demócrito. Hizo Don Quijote, una revista de crítica política, que duró hasta 1905. Juárez Celman le prohibió a Sojo que hiciera su caricatura... entonces, como el presidente era cordobés, Sojo comenzó a simbolizarlo como “el burrito cordobés”, que se hizo famoso. A Roca lo dibujaba como un zorro; a Uriburu como un búho. Creo que inspiró una manía zoológica porque a muchos políticos les siguieron poniendo sobrenombres animales. En fin, que estos dos españoles dejaron huella muy fuerte con sus caricaturas políticas.

—Goya, antes de 1830 (porque en ese año, creo, se murió) ya retrataba reyes españoles en poses muy pomposas, pero... bien mirados: ¡caricaturizaba a los pobres Borbones!

—Y sus “Caprichos” –brujas, monstruos– ¿no parecen vanguardia del surrealismo? Se me ocurre que los dibujantes satíricos fueron vanguardistas en el más claro sentido. Haciendo esos dibujos... jugaban más... satirizaban las costumbres. El dibujo satírico del siglo XIX es una joya dentro de nuestra colección. Inclusive por la forma en que lo adquirimos. Cuando estaba en Francia conocí a un librero que me comentó que hacía poco había muerto un coleccionista y nos ayudó a adquirir buen material a precios accesibles. Al ver esas obras (esto es una opinión mía) deduje que los grandes movimientos plásticos del siglo XX tienen una gran influencia del arte satírico ¿no?: el surrealismo, impresionismo, el dadaísmo, incluso el cubismo.

—Tus dibujantes satíricos europeos hicieron lo suyo; pero los norteamericanos popularizan las tiras semanales: ¡en blanco y negro, todos los días, y en colores los domingos! Y usaron el “Continuará”... Me han contado y me hizo mucha gracia que la primera fue una historieta sobre un boxeador, “Jimmy y su discípulo El Ternero de las Pampas” ¡Qué nombre!

—Ésa fue de González Fossat, “la primera historieta deportiva: El Ternero Mamón de las Pampas y Jimmy, su entrenador”... en vez de plata acumulaban derrotas. Es que había de veras un boxeador al que le decían “El toro de las pampas”, que peleó un título mundial en los años 20. “Jimmy y El Ternero” fue anterior a Patoruzú.

—¡Patoruzú! ¡Llegamos a Dante Quinterno!

—De Quinterno tenemos una colección muy importante: la revista Patoruzú número uno y hasta dibujos anteriores a esa publicación. Porque Patoruzú fue primero un indio tehuelche, que adoptaba Don Gil Contento –otro personaje de Quinterno– que aparecía en Crítica. Tenía un nombre tan complicado que el buen don Gil, para simplificar, le puso Patoruzú (en vez de Curugua-Curiguagüigua). Ahora llevamos una muestra de treinta dibujos al Museo Histórico de Junín y otra a Santa Cruz. Nos conectamos a través de la Feria del Libro, que cumple una función de relación muy importante.
“Demócrito, a Roca, lo dibujaba como un zorro, a Uriburu como un búho. Creo que inspiró una manía zoológica porque a muchos políticos les siguieron poniendo sobrenombres de animales.”

—¿Qué nos dirás de los almanaques que Molina Campos hacía para Alpargatas?

—Molina Campos es extraordinario, un genio. No tenemos mucha obra suya. En el diario La Razón en el año 1929, publicaban una serie suya que llamaban “Los trogloditas”... Él estuvo en los Estados Unidos y, seguramente, “Los picapiedras” salieron de sus trogloditas. La última exposición de Molina Campos, en el Museo de Bellas Artes, mostraba una serie suya sobre jazz, con el mismo estilo de los almanaques...

—En Barcelona es muy popular un dibujante que se llama Jordi Lavanda. Nació en Mercedes (Uruguay) así que sería oriental como Gardel. Me atrevo a pensar que sus padres, cuando se fueron a vivir a España llevarían en la valija revistas de Divito: vi en el MALBA una exposición de Lavanda, y sus chicas parecen sobrinas nietas de Divito...
“Los dibujos son parte de nuestra historia cultural. Por suerte ahora se les está dando un poco más de bolilla a los temas gráficos. Eso nos enorgullece y entusiasma a otras gentes...”

—Divito fue inigualable, como Molina Campos, otro caso sin antecedentes. ¡No existían esas chicas glamorosas! Salieron de su imaginación. Ahora es un estilo muy icónico que usan otros. Pero en 1940 no existían. En los años 50 ¡las mujeres ni siquiera usaban pantalones! En cambio ellas... hasta en sus diálogos, tan irónicos y desprejuiciados eran de un estilo nunca visto... ¡Divito fue un precursor de la liberación femenina!

—Nos has mostrado cientos de dibujos... de dibujantes. ¿Y dibujantas, como dicen que se dice ahora, no has coleccionado?

—Tengo obras muy buenas de Mariette Lydis... más fuertes y convincentes de lo que se suele conocer de ella. En tu próxima visita hablaremos sobre dibujantas.

*Periodista y dibujante.
Publicó en el semanario Brecha,
suplemento Cultural de El País (Uruguay), en Jaque y en la revista Posdata, de la que fue corresponsal.
En Buenos Aires en las revistas El Arca, Vinicius, en la recién nacida BAVoice y en Página 12.
Su sitio en la Web: www.larravide.com
Fotografía Naná Ribeiro

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada